Nota: Las letras del poema, incluido el título, forman una secuencia de 311 códigos IATA que recorre 229 aeropuertos distintos. El itinerario completo mide aproximadamente 2,693,502 kilómetros.
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El alba inunda el polvo de los patios mientras desde las copas musitan las alondras, despiertas, titubeantes, el desgano del día, en sus alas de alambre una alegría tenue como unas pocas migas.
Sale un hombre en harapos, todavía somnoliento, a regar flores y trapear el suelo, su mirada atraída, tan cerca de la mía, por cosas marginales –raíces, tallos y hojas– y su memoria delineando el borde del mundo en el lenguaje de sus manos.
Pocas horas más tarde, en el bullicio del tránsito que nos enerva a tantos, los mercados se llenan, el hambre de los ojos deslizándose en fila por brillantes pasillos donde manos sopesan maravillas traídas desde Francia, Irak o Guatemala.
Y cuando amaina el tránsito, en la hora más incierta, el alma, como un trapo, asciende entre los cirros, desde donde inspecciona los símbolos ocultos de las redes que dictan nuestros rumbos y hasta la forma de medir el cielo.
El ojo entonces mira, huracanado, retazos de cultivos tendidos como un manto, ciudades grises, cordilleras altas, cortes de sol en nieve por los riscos, y se dilata apenas, con las sobras del día, sobre la desigual costura del ocaso.